El ejercicio sacrosanto de cada tres o cuatro años en Colombia, de rayar un papelito y tirarlo en una caja blanca con ventanitas transparentes, resume en pocos segundos un porvenir azaroso, sombrío, lleno de promesas incumplidas y penosamente reiterativo que embarga hace muchísimos años a los habitantes de Colombia.
Aunque los índices de abstención superan y con creces a la tropa de votantes de este país, siempre es esta última legión la que termina legitimando y llevando al poder a quienes “cambian todo, para que todo siga siendo igual”.
Marcar y depositar un voto dura entre 20 y 60 segundos. Pero si la decisión no es consciente, reflexiva, sensata, prudente, madura, juiciosa o consecuente, esos segundos se convertirán en horas, días, meses, años y décadas de penurias: ya lo has vivido cuando no te atienden en urgencias o te niegan una cita médica (Ley 100), cuando no consigues empleo o te dan los sobrados de uno bueno, cuando los servicios públicos domiciliarios se llevan gran parte de tu sueldo (si es que lo tienes), cuando no alcanza para pagar arriendo o mercado, cuando no puedes disfrutar del internet libremente (Ley Lleras), cuando respiras un aire podrido y consumes un agua contaminada (“Locomotora” minero-energética), cuando no puedes estudiar o volverte inteligente (Actual Ley 30 de 1992 y su reforma), cuando en fin, no puedes pensar, ni actuar, ni decidir (Prosperidad para todos).
El voto es una imposibilidad, pero también del mismo modo y con la misma fuerza, una posibilidad. Si con él entregas un cheque en blanco ¿Porqué dárselo al que te “cayó bien” si no le conoces su plan de gobierno?, ¿te dio la mano? Todos lo hacen. ¿Prometió monorrieles, carreteras, puentes, educación bilingüe, computadores, acabar con la fu y la fa, vivienda, amor eterno?, todos lo hacen, incluso se descubren indígenas nuevos, no en América, sino en los tarjetones impresos por el CNE.
No se trata de impresiones y sensaciones, tampoco de dejarse llevar por el color de su insignia o las frases poeticopeligrosas de sus slogans. La retórica de sus pastiches políticos dura mucho tiempo, se la vive a diario, se la entregan a contratistas parceriwafers, nos ahogan con sus medios de comunicación deshonestos y mentirosos.
Votar, sí, pero con cognición y lucidez.
Por sus actos los conoceréis, reza el viejo adagio: si muchos ya fueron gobernantes y de ellos no recuerdas absolutamente nada transformador, ¿para qué los vuelves a elegir?, ¿Para qué los dejas robar más?, ¿Para qué les sigues subiendo el ego?, ¿Para qué los dejas administrarte? Si por ahí andan campantes en cocteles y bares de zonas exclusivas, en urbanizaciones estrato 6, con escolta militar, ahí están, son de color azul Caquita, rojo Lúgubre, naranja Único, azuloso PINtorezco y verde Peñasco.
Votar, es también una posibilidad para darle vida a gente nueva, a los que vienen del pantano, a los que te miran a los ojos sin picardía, a los que no se enojan cuando les dices que no votarás por ellos: obreros con criterio, profesionales dignos en los concejos municipales, campesinos luchadores, estudiantes autónomos, habitantes guerreros de las comunas o simplemente ciudadanos sinceros, todos ellos, merecen un espacio.
La reencarnación sí existe. Tiene apellidos ilustres, gobernaciones impunes, amigos “contribuyentes” en la policía y en el ejército, y para colmo de males les gusta repetir, no la sopita de las abuelas precisamente, sino la de los vanos privilegios del poder, que usan en su propio y miserable beneficio a costa de la pobreza de nuestros hermanos y hermanas.
A veces, la esperanza tiene un color dorado, cuando no anda metida en cositas burocráticas. A veces el amor no es rojo, porque lo mataron un 9 de abril, sino mostaza, amarillo y negro, verde… digo, a veces, no siempre. Pero es lo único que tenemos, por ahora… Hasta que volvamos a construir el rojo, entre todos, y hay que defenderlo desde adentro y desde afuera, porque si no ¿Nos ponemos a cantaletear los hechos?, ¿o los transformamos?, ¿Para ti, o para tod@s? Mejor para todos todo: sí se puede, el “fin de la historia” nunca llegó.
Por Plano Sur