En los predios de la ficción realista

“…Es leve y multicolor el vitral, esa frontera que diferencia y separa al que se moja de quien no se moja…”  Jaime Espinel.


La labor del periodismo, regida por la búsqueda de una verdad (normalmente inexistente), pareciera adentrarse por las fibras de cada raíz, motor de los poderes del mundo.

 

Un falso profeta anunció que el periodismo seria el cuarto poder, y aunque no puede concebírsele así en su totalidad, si se puede considerar como un culpable de los triunfos o derrotas de quienes invisten el tan codiciado trono.

Hasta aquí, el periodismo un poco frívolo o tal vez mucho, se devela en el papel, las ondas, las pantallas y adentra los sentidos buscando la alienación mediante la revelación de lo oculto, o mediante el ocultamiento de lo no revelado.

La objetividad, aparece como un dilema con el que se abre la puerta al mundo de una farsándula de “intelectuales”, dejando de ser manipulada cuando simplemente se entiende dicha objetividad como una utopía. Esa relatividad de lo cierto o no, varía como los acentos de quienes recitan las noticias, o como los países donde el periodismo se despliega en un sin número de sujetos y estilos que en la búsqueda de una categorización parecieran oprimirse y/o reprimirse a la hora de contar.

El tema de la verdad, dejando de lado los ismos, pero perteneciendo a todos ellos,  se arraiga como base de esta profesión, aunque sea innegable que “la verdad” NO aplica en su totalidad para todos, sea por la maquinaria y las conveniencias donde no se respeta su pureza, o sea porque la alienación del individuo en ese inherente sujeto cultural, no permite que se crea o se desmienta cuando se está o no conforme.


Umberto Eco, dice que “el libro, al crear un público produce lectores que, a su vez, van a condicionarlo”, sin embargo, es de añadir que  en general las formas del lenguaje, ya   sumergidas en un contexto determinado, se van condicionando y van adquiriendo ciertos valores aplicados al lugar-momento donde se intérprete. Es decir, se trata de una retroalimentación constante de lo que se lee con lo que se escribe y no se debe limitar la actualización cambiante del conocimiento, ya que esto conlleva a la marginalidad del mismo.


La verdad sin embrago, sigue presentándose como la invitada de honor, convocada  a interpretar y trascender en los hechos simulados o no, que inquieten a los individuos. Ella seduce a la hora de querer mostrar lo que se oculta y se maquilla muy bien cuando los medios, o los sistemas pretenden que ella no reluzca.

Aquí, es de preguntarse entonces ¿por qué hay tanta indignación y se polemiza  cuando se trata de borrar la muy dudosa línea entre el periodismo y la literatura? Esa frontera leve y multicolor no es más que sobrepasada con la inevitable incursión del periodismo en predios de la ficción.


“…El periodismo, que tanto éxito ha cosechado en el ofrecimiento de datos, fechas, nombres, cifras, y que ha abundado en el análisis juicioso de este arsenal múltiple, es capaz también de arrojar sobre las palpitaciones del mundo y de los hombres la media luz que caracteriza la poesía” .


La unificación de lo estético con las letras en el papel, de las descripciones y los personajes, exalta esas pinceladas de una sociedad vista desde el encantamiento o desencanto lanzadas por una pluma negada a la maquinal imposición que pretende canalizarla. Es decir, “Cuando no se puede decir lo que se quiere en el periodismo, bien sea por la censura o la autocensura, siempre existe la posibilidad de echar mano del arte en general y de la literatura en particular, como una maravillosa forma de expresarlo. De esta manera la literatura se convierte en una forma de resistencia” .


Para bien o para mal, aquellas líneas condenadas a una apócrifa belleza, no se han limitado a eso, y la literatura como transformadora de la realidad mediante la narración de lo ficticio y lo “existente”, permite esa concepción del mundo postulándose más fiel a la “verdad” que el mismo periodismo vislumbrado como el buscador de la misma. Es así que la batuta filosofal dada al periodismo por el periodismo mismo, va mutando a la necesidad de interpretar el mundo sin que el día a día pase desapercibido y se pierda en las letras de un periodismo seco, donde los real no es digno de debatirse, porque simplemente no merece ser leído.


Dicha necesidad, “la necesidad de interpretar surge del texto mismo como uno más de sus elementos textuales, como una fuerza subterránea y constitutiva de su esencia que impele al lector hacia la búsqueda del sentido” .


Es aquí donde la vastas respuestas a las Ws merodeadoras y santificadas como peldaños a la verdad, se han oxidado y el periodismo tímidamente se ha permitido “digamos que un ritual de profanación, si, pero también de consagración, porque a partir de ese momento, si un articulo supera la estricta vigilancia de jefes de redacción y editores y, además, es leído con complacencia por los lectores, no tendrá que hacer mas la larga fila de espera en las salas de redacción camino al reconocimiento, ni tendrá que soñar más con la libertad creadora del escritor furtivo”.


La literatura, o más bien el periodismo literario en este caso, es la manera de expresar la realidad sin someterse al condicionamiento de la realidad misma. Es decir, este “supone un acto creador, una poiesis por parte de autores y lectores”, donde un parámetro de ambición literaria, puede considerarse la amplitud de la aplicación a diferentes contextos sin limitarse al del desarrollo real. En este caso real, porque aun en una metamorfosis del periodismo con la literatura, estos vienen siendo dos formas autónomas, donde la literatura lanza el acto creativo como arte – lo cual no se puede enseñar- y el periodismo como oficio donde no es permitida la invención de los hechos, los lugares o los protagonistas, porque la vida misma se ha encargado de ponerlos en el plano de esto que llamamos realidad.


“Si a veces la frontera entre literatura y periodismo parece borrosa, se debe, por lo general, a que el artífice del texto que muestra dicha ambigüedad ha logrado escribir una obra tal que se resiste a ser clasificada en las diversas casillas o géneros establecidos. Caso de crónicas y reportajes en los cuales la realidad parece ficción, o de novelas y cuentos que se confunden con la realidad”.


El periodismo y la literatura limitan asi, en puntos donde la exquisitez del encuentro es innegable y adentra a la apropiación del lenguaje y la implementación de una lengua, donde el escritor busca comunicar de manera consciente o no, mediante una vital interacción social.


-    Se comparte con el lector la visión del mundo, de la cultura y de la sociedad, mediante la creación de obras genuinas artísticas tomando como materia la palabra.

-    Se recrea la realidad, reinterpretándola y trasportando al lector a otros mundos, lo que hace ver la vida de modo diferente, a como se entiende en la cotidianidad y en el campo de la ciencia.

-    Se crea una expresión estética tal que logre despertar en el lector sentimientos, emociones, reflexiones, estéticas, morales, filosóficas y culturales en torno a la realidad del hombre, la sociedad misma .

Son estos puntos donde dos miradas del mundo (periodismo y literatura), estas dos herramientas de asimilación del plano real, equidistan en el manejo y exploración de recursos sintácticos, semánticos y fonéticos, que proporcionan el espacio para transigir al paso del significado al sentido. Cada uno de los detalles está para dar valor a la lectura, sea estética o informativa, ya que pocas cosas carecen de sentido por completo.

Ahora bien, sin pretender que el periodismo se vuelva poesía, el riesgo de abordar el oficio de informar desde la concepción de la estética como no más que lo verdadero en lo bello (Carrasquilla, 1952-1966), permite inserir un develar con otra mirada, donde las letras revoltosas rompen con “los resortes reprimidos de un montañerismo escapulárico” y se permiten despojarse de tanto velo que viste la verdad, sobretodo en un sistema bananero, donde solo las letras son escapatoria ante las canciones bailadas por un país “limítrofe entre la idiotez y la locura”. 

 

 

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