Por la calle bajaba y yo la veía a través del cristal. Yo esperaba la cuenta. –Son tres mil -me dijo la niña. Ella Bajaba con un dejo de preocupación. Miraba en detalle todas las fachadas, todas las calles, todos los balcones, todos los lugares que pudieran volverse escondites o fuertes metralleteros. Ahí iba bajando. Meneando esas caderas, enroscándose el pelo con una mano y con la otra tocándose la barbilla como si eso ayudara a pensar. Ojalá no tarde y vuelva. Esa morena me volvía loco. –señor, va a tomar algo más.
Ya son cinco cuadras que bajo y no la veo. Las ambulancias advierten que allí pasó algo. En el cielo apenas se aproximan las aves carroñeras. Ahí era el café pero ya todo está por el piso; hasta me toca esquivar las mesas, los vidrios y la poca tensión que queda en el aire. Veo sus pies detrás de unos ladrillos que resistieron… solo sus pies. Son las dos de la tarde. Menos mal no es ayer.