El pueblo organizado
jamás será unido.
Climério Ferreira
Existe una dicotomía, insalvable casi, entre América del norte, sajona, protestante e imperialista, y América Latina, de habla múltiple, de creencias múltiples, de múltiples derroches y tragedias, además de su condición libertaria. De igual manera, existe una amplia diferencia entre el concepto de Hispanoamérica frente al de Latinoamérica. El primer concepto se fundamenta en raíces propiamente de interés capitalista, cimentadas en la llamada época de independencia, la cual fue de manera clara una revolución burguesa hecha por los hijos de españoles nacidos en América, amos y señores del nuevo mundo, contra su “madre patria”, contra su rey y contra el dominio que de estos recibían, no favoreciendo dicha revolución en nada al pueblo raso: indígenas, negros y mestizos, movidos como indemne hojarasca por el torbellino de la historia.
El segundo concepto, incluso careciendo de una capacidad de inclusión mayor, es más acorde a nuestra realidad continental, teniendo en cuenta que la raza negra venida de África no es latina, ni la indígena, aun cuando en otros procesos de colonialismo tanto en el viejo como en el nuevo mundo ambas razas y culturas aprendieron a manejar las lenguas latinas con la misma fluidez y adaptabilidad que tuvieron al imbricar de manera sincrética entre los rituales católicos el sentido ritual hacia sus propios dioses y creencias. América Latina abarca entonces una pluralidad de culturas y civilizaciones diversas, con una historia común en el pasado: el colonialismo; y con una nueva forma de dominación actual a derrocar: la colonialidad.
José Martí conocía plenamente esta disyuntiva de un mundo nuevo basado en los intereses hispanoamericanos frente a los intereses latinoamericanos; él mismo, en algunos escritos iniciales escribía Hispanoamérica en el lugar donde más tarde pondría el vocablo Latinoamérica. Con todo y estas consideraciones, el propio Martí no hallando una palabra más acorde hablaba entonces de Nuestra América, la que en su seno guarda los componentes de las distintas razas y culturas, así como de la riqueza inmensurable de sus tierras. América aborigen, negra, mestiza y, escasamente blanca. Nuestra América contiene en sí misma la esperanza de la humanidad toda. Si inferimos de manera analítica, así en sentido diacrónico como en sentido sincrónico, encontraremos que a cada civilización le ha correspondido su momento histórico.
Sumeria inventó el alfabeto y la escritura cuneiforme, llevados a los lindes del mundo antiguo por los hábiles fenicios, navegantes y comerciantes, a quienes se debe, en gran medida, el conocimiento mutuo entre las culturas africanas del norte, los mesopotámicos y los pueblos que crecieron a orillas del mediterráneo. Egipto, por su parte, inculcó valores culturales que más tarde repercutirían en futuras culturas y pueblos. Del conocimiento griego en filosofía, en literatura, en política, surgieron las bases del mundo occidental conocido. China, Japón, India y Persia, han impregnado de sabiduría, pero también de dominación, los confines de Asia. En tanto que los Lapitas, navegando el Pacífico sur, poblaron las lejanas islas que componen hoy día el archipiélago de Hawai, incluso las islas más próximas a las costas chilenas.
Roma, Bizancio, Europa toda dio al mundo sus grandes tecnologías, su industrialización, sus modelos económicos, sus guerras mundiales consecutivas. América del norte, en especial Estados Unidos, ha dado al mundo el manejo de nuevas tecnologías, la industria del entretenimiento, con lo cual mantienen adormecidos a gran cantidad de habitantes a lo extenso del orbe, y una política económica agresiva, sustentada en el apropiamiento de los recursos naturales de países soberanos (esto último aprendido como fiel calco de los europeos). ¿Y Nuestra América? ¿Qué ha dado al mundo América Latina?
No olvidemos que fue aquí a pocos años después de darse la guerra de independencia norteamericana y ocho años antes de la
revolución francesa donde movimientos populares hicieron temblar el trono de los poderosos; estos movimientos fueron conformados en su mayoría por aborígenes, negros y toda clase de mestizos que han engrosado la lista de los siempre olvidados, de los siempre vilipendiados, de los siempre engañados y utilizados como cebo en las guerras de los señores. La revolución de Tupac Amaru en el Perú y la revolución comunera en el Nuevo Reino de Granada (actual Colombia) en 1781, han de ser las bases sobre las cuales pensemos ahora la revolución que vendrá; así como la revolución mexicana y sus enseñanzas. Martí decía que una última revolución era aún necesaria, aquella en la cual los ejércitos no lleven a su caudillo a la presidencia de un país o de un territorio más amplio; por el contrario, la revolución que falta, la del pueblo que se bate en ciernes a través de la historia y en su presente, ha de traer consigo la unión de los hombres en el trabajo conjunto, en la lucha por una vida más justa, en la edificación de nuevos valores, más humanos; por consiguiente, apuntalados en la diferencia y en su aparente caos y desorden.
¿Cómo habremos entonces de nombrar a Nuestra América en esta nueva revolución que se avecina? ¿Cómo, si sus habitantes juntan de manera sintética todas las culturas de la tierra y todas las razas, con sus respectivas costumbres, creencias y prácticas? Los indígenas Thule en la selva chocoana del Darién la llaman Abya Yala, que equivale a decir tierra madura y fértil. Este nombre acaso pueda contener en sí mismo la fertilidad que abunda en la América de Manco Cápac, Tupac Amaru, Manuela Beltrán, José Antonio Galán, Polonia Salavarrieta, Juan Tama, Benito Juárez, Martí, Maceo, Rafael Uribe Uribe, Eloy Alfaro Martínez, Zapata, Villa, Sandino, María cano, Quintín Lame, Ernesto Guevara, Marcos y Afranio Parra. Nombres de hombres y de mujeres que representan pueblos. Pueblos enteros que marchan siendo a su vez estos y otros hombres, estas y otras mujeres, este y otro pensamiento.
Afranio Parra Guzmán, asesinado durante los diálogos de paz con el gobierno de Virgilio Barco en 1989, habiendo conocido ya la hoz y el martillo y repudiado toda condición de saqueo al planeta (esto último manifiesto en el salvajismo económico del capitalismo), habla en su momento de una nueva especie de guerreros: el Hombre Jaguar y la Mujer Jaguar, sacerdotes y sacerdotisas del Templo del Jaguar, inmersos en una era que a simple vista pareciera ilusoria, pero que contiene en sí misma una religación plena con la tierra: “el Guerrero Total”. Acercarse, ya no al sentido sagrado de lo mítico e irreal que existe en la política, sino al sentido de lo sagrado de la vida misma en su completitud, del reconocimiento de la especie con la naturaleza y su concatenación urgente en ella. Esta era que avanza fue llamada por Afranio la Edad del Cuarzo y la Transparencia.
¿Cómo habremos entonces de nombrar a Nuestra América en esta nueva revolución que se avecina? ¿Cómo, si sus habitantes
juntan de manera sintética todas las culturas de la tierra y todas las razas, con sus respectivas costumbres, creencias y prácticas? Los indígenas Thule en la selva chocoana del Darién la llaman Abya Yala, que equivale a decir tierra madura y fértil. Este nombre acaso pueda contener en sí mismo la fertilidad que abunda en la América de Manco Cápac, Tupac Amaru, Manuela Beltrán, José Antonio Galán, Polonia Salavarrieta, Juan Tama, Benito Juárez, Martí, Maceo, Rafael Uribe Uribe, Eloy Alfaro Martínez, Zapata, Villa, Sandino, María cano, Quintín Lame, Ernesto Guevara, Marcos y Afranio Parra. Nombres de hombres y de mujeres que representan pueblos. Pueblos enteros que marchan siendo a su vez estos y otros hombres, estas y otras mujeres, este y otro pensamiento.
Afranio Parra Guzmán, asesinado durante los diálogos de paz con el gobierno de Virgilio Barco en 1989, habiendo conocido ya la hoz y el martillo y repudiado toda condición de saqueo al planeta (esto último manifiesto en el salvajismo económico del capitalismo), habla en su momento de una nueva especie de guerreros: el Hombre Jaguar y la Mujer Jaguar, sacerdotes y sacerdotisas del Templo del Jaguar, inmersos en una era que a simple vista pareciera ilusoria, pero que contiene en sí misma una religación plena con la tierra: “el Guerrero Total”. Acercarse, ya no al sentido sagrado de lo mítico e irreal que existe en la política, sino al sentido de lo sagrado de la vida misma en su completitud, del reconocimiento de la especie con la naturaleza y su concatenación urgente en ella. Esta era que avanza fue llamada por Afranio la Edad del Cuarzo y la Transparencia.
Por Jandey Marcel Solviyerte
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Imágenes
Entradilla tomada de http://www.madreayahuasca.com/Websites/madreayahuasca/PhotoGallery/510813/amaringo_f.jpg
Interiores
1. Tomada de http://arquitectura-armonica.blogspot.com/
2. Tomada de http://alasdelunaroja.blogspot.com/2012/05/la-mujer-bufalo-blanco.html
3. Tomada de http://www.iwg.com.ar/janinemeyer/images/jaguar.jpg
4 Tomada de http://takiruna.files.wordpress.com/2012/02/madre-tierra.jpg?w=640