Las historias de vagabundos que recorren infinidad de kilómetros, solo por diversión, porque les nace o porque hay un interés de encontrar multiplicidad de eventos para plasmarlos con tinta y papel en historias que combinen ficción (literatura) con realidad, no había tenido, hasta el día de hoy, la oportunidad de leer.
En alguna ocasión, leí las crónicas del español Alvar Núñez Cabeza de Vaca, aquel hombre que en 1524 se embarcó en el navío de Pánfilo Narváez para colonizar las tierras ya descubiertas de Florida, en los Estados Unidos.
Aquellas crónicas fueron escritas por el tesorero y alguacil Cabeza de Vaca, porque al haber naufragado durante diez años en tierras americanas y no regresar a España con el apreciado oro que deseaban sus monarcas, la escritura de sus pesares en aquellas agrestes posesiones, serían su especie de “presente”. El fracaso crematístico de la expedición estaría compensado con un una obra literario-informativa, pues como lo escribió el mismo colonizador, “es solo lo que un hombre que salió desnudo pudo sacar consigo”.
En este caso, por solo mencionar una de las tantas crónicas de Indias, los testimonios se plasmaban para evidenciar lo vivido, dejar constancia de los sucesos y para que próximas embarcaciones conocieran con qué se podrían encontrar al llegar al lugar especificado en los textos.
La obra Pasión Vagabunda (1949) de Manuel Zapata Olivella (1920-2004) es la recopilación de vivencias de un joven costeño colombiano que dejó sus estudios de medicina abandonados para convertirse en un vagabundo errante conocedor del mundo. Así, a primera vista, es algo superfluo.
La relevancia de Pasión Vagabunda se encuentra es, en que no solo el hijo de Lorica, Córdoba se quedó en enumerar y describir sus declives, pesares y proezas de viajes. ¡No!, su obra vivencial: combinación de literatura con realidad tiene contexto histórico y político, además de un contenido social y denunciatorio. Es decir, las historias de viajes de Zapata sumergen al lector, no solo, a sufrir y reír con las aventuras de él; la obra informa a sus leyentes sobre lo más relevante que está sucediendo en los tópicos social, económico y político de la época. De igual modo, entrega una crítica denunciatoria de todo ello.
Manuel Zapata Olivella viaja a través de diversos rincones de Colombia y por los países que conforman a Mesoamérica, desde Panamá hasta México. En su recorrido por las tierras nacionales denuncia, de forma fehaciente, las injusticias por las que pasan las clases bajas del país, la precariedad de servicios suministrados a éstas y el racismo vigente en la sociedad nacional.
El sentimiento de inconformidad de Zapata se puede apreciar en los siguientes fragmentos del libro, cuando se refiere a los enfermos de los hospitales y a la situación de Quibdó en 1943:
“Los enfermos me atraían más por su llaga social que por su enfermedad misma […] veía en él la víctima de la sociedad que lo fatigaba, desnutría y condenaba a muerte en un hospital desmantelado”1.
“Aislada por completo de la civilización, Quibdó pasa hambres sin cuento. De vez en cuando, al ritmo preconcebido de fletadores, llegan las lanchas y canoas cargadas de víveres, queso y carne, que se venden a precio de guerra”2.
Zapata Olivella demuestra su inconformidad con lo que acontece en la nación. Él, un hombre que tiene presente en su mente y corazón los desaciertos de la humanidad, reflexiona sobre los problemas de hambre, abandono, enfermedad, desasosiego, poniéndolos al descubierto en su texto.
Al iniciar su viaje por los países centroamericanos contextualiza a los lectores sobre el ambiente guerrerista que se percibe alrededor de los confines de tierra recorridos por él.
Las razones por las que se respira el aroma bélico son debidas a que es el período de la Segunda Guerra Mundial (1943) y porque todos los países de la zona pasaban por escollos armamentistas internos debido a las dictaduras que se encontraban en el poder y las guerrillas que intentaban sacudir a sus respectivas naciones derrocando al mandatario de turno.
Cuando el escritor colombiano cruza por los países centroamericanos se encuentra con pueblos aletargados por una fuerte coerción militar, infiltración de los estadounidenses en todos los tópicos, analfabetismo y pobreza.
Las únicas fuerzas que mantienen vivas las esperanzas del negro Zapata para continuar en su vagabundaje son los recuerdos de las historias de los escritores aventureros predilectos. La evocación a un Istrati, un Gorki o un London son la medicina espiritual que se inyecta el escritor para subsistir, “el nombre de Parnaït Istrati vino en mi ayuda y evocando sus jornadas incipientes a través de los desiertos rumanos […] sentí ligeros los pies y mi carga”3, animado y complementado, además, por la simbiosis, siempre viva en él, de ser novelista y solidarizarse con la clase baja, trabajadora y olvidada.
El viaje por el centro de América, como se había mencionado en párrafos anteriores, está enmarcado en un contexto bélico y represivo. En Panamá, de modo específico, en el Canal de Panamá; Zapata Olivella describe el temor de los “yanquis” de un ataque nipón o germano –potencias fascistas– sobre el conducto marítimo unificador de los océanos Atlántico y Pacífico. Los temores eran considerables, ya que dos años atrás –7 de diciembre de 1941–, Pearl Harbor, portuario militar estadounidense enclavado en Hawái, había sido atacado y destruido por aviones camicaces japoneses.
En territorios tico, nico, guanaco, chapín y catracho4 las dictaduras militares con características fascistas apoyadas por el imperialismo de los Estados Unidos, tenían a los pueblos subyugados bajo un ordenamiento terrorífico, como lo señala Zapata, ya que muertes, desapariciones y torturas acompañaban a las naciones centroamericanas.
Manuel Zapata Olivella al advertir las irregularidades, las pone en “tela de juicio” y las exhibe, para que todo aquel que aprecie sus crónicas testimoniales las conozca. La diferencia de modus vivendi entre los nativos de los pueblos y los estadounidenses es uno de los factores que más altera al joven Manuel.
Al observar algunos campamentos bananeros de la United Fruit Company en Puerto de Golfito, Costa Rica, Zapata Olivella denuncia:
“El contraste es grotesco; mientras en las barracas los obreros viven en sucia promiscuidad, metidos en los cajones de tabla formando hileras de dos pisos, las residencias de los yanquis están rodeadas de jardines, protegidas con anjeo de los anofeles y distanciados del puerto sucio de petróleo”5.
Anastasio Somoza (Nicaragua), Tiburcio Carias Andino (Honduras), Maximiliano Hernández Martínez (El Salvador) y Jorge Ubico Castañeda (Guatemala) son los dictadores de los cuales se habla y se juzga en la obra por sus acciones coercitivas sobre la sociedad.

“…Comprendí el porqué de la belleza de muchos edificios públicos. Ubico, al igual que sus hermanos dictadores de Centro América, se enmascaraba en hacer obras de mampostería para mostrarlas al extranjero y esconder la miseria del pueblo que sufría la explotación”6.
Lo que más afligía a Zapata era que las grandes capitales fueran tan bellas y magníficas pero que resguardaran tan diversas dolencias sociales y culturales. Por primera vez, Zapata se encontraba frente a frente con los males por los que pasaba la época, y por medio de sus vivencias, de lo que le tocó asimilar, observar, escuchar y sentir, enriqueció su historia de aventura.
Lo que pudo llegar a ser un texto entretenido que narrara la vida y los viajes de un personaje, se convirtió, además de esto, en una fuente biográfica en la cual se puede consultar por lo que pasaba Colombia y Centroamérica en los años de 1943 a 1947, intervalo de tiempo caracterizado por el afloramiento de los ismos políticos: Comunismo y Fascismo en los diversos gobiernos. Asimismo, por las precarias condiciones de muchos sectores de los países, que en la actualidad –bajo mi concepto– siguen en iguales situaciones. Chocó es un claro ejemplo de ello.
Para el beneficio del género testimonial, un género de carácter personal y por ello subjetivo, es que Zapata Olivella deseó hacer historia. Este mulato colombiano no se conformó con la descripción metódica de las regiones, los personajes, de su físico, su forma de llevar la ropa y sus pensamientos, lo cual lo hizo más que bien, sino que trascendió el umbral de lo particular y lo instantáneo. Con la visión social y antropológica que le otorgó a Pasión Vagabunda se integró al otro, es decir, desde un pensamiento modernista reconoció la existencia, la representatividad y la humanidad del otro.
Con la integración de las fechas y los datos políticos lo inmediato no germinó, convirtiendo a su obra en crónicas personales que se pueden analizar tiempo después y enterarse, de esta manera, por lo más trascendental que pasaba el mundo. Su historia de vida fue la historia de la época; fue la historia del rico, el pobre, el indígena, el mestizo, el negro, la mujer, el revolucionario, el militar, el obrero, el estadounidense, el humano.
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1 Zapata Olivella, Manuel. Pasión Vagabunda. Ministerio de Cultura. Bogotá 2000. Pp. 39
2 Ibíd. Pp. 66.
3 Ibíd. PP. 76
4 Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Honduras, respectivamente.
5 Zapata Olivella, Manuel. Pasión Vagabunda. Ministerio de Cultura. Bogotá 2000. Pp. 125
6 Ibíd. PP. 179
Por. Yeison Medina Medina