Apuntes sobre la economía y la violencia en Colombia

violDecía Borges que ser colombiano era un acto de fe. Se pueden hacer muchas interpretaciones de esta frase, pero a mí particularmente me parece que podríamos forzar su sentido de esta manera: uno no es colombiano, sino desempleado, o sicario, o traqueto, o víctima de un falso positivo, o cualquiera de las muchas formas en que se puede vivir en este país, signado por una violencia endémica y un modelo económico sumamente excluyente, pero nunca por un sentido de nación, a no ser que estemos hablado de ese significado patriotero que le da Uribe a sus discursos para mantenernos en actitud de hostilidad constante con pueblos hermanos como Venezuela, Bolivia y Ecuador. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? Es una pregunta importante, de cara a dar la pelea en el escenario político por la transformación social y la conquista de una plena soberanía.
 
Antecedentes: transformación del modelo económico, neoliberalismo, financiarización de la economía y narcotráfico.
 
Ciertamente que la tradición de violencia y guerra civil en Colombia es parte importante en la comprensión del fenómeno militarista de nuestro país, y cómo este ha sido encauzado estratégicamente por el imperialismo norteamericano para liderar la contrarrevolución en Sudamérica. Nuestra historia ha estado signada por la sangre, los asesinatos, las masacres, desapariciones, torturas y exilios, como cauce por el cual se ha desarrollado la lucha de las clases populares por la conquista del poder político contra un estado oligárquico sumamente autoritario y violento, partícipe de muchos hechos de barbarie criminal en Colombia y el mundo: desde la guerra de Corea, pasando por el adiestramiento de militares genocidas en el cono-sur, hasta la concepción y desarrollo del paramilitarismo como método terrorista de combate a la insurgencia, llegando hoy día a estar presente en la cruzada imperialista en Afganistán, una cruzada por el control de la zona más estratégica del mundo en cuanto a recursos energéticos (medio oriente, colindante con el Cáucaso y Eurasia, el corazón del mundo en cuanto hidrocarburos). Algo que ha logrado la oligarquía, además, manteniendo la fachada de un sistema “democrático” parlamentarista burgués, razón por la cual Octavio paz califico nuestro sistema político como “la dictadura perfecta”.
 
Sin embargo, el recrudecimiento de la guerra en Colombia, operado durante los años ochentas y noventas, que ha repercutido enormemente en nuestra cultura, tiene también unas causas económicas nítidas, que ayudan a la comprensión la “israelización” de nuestro país.
 
La economía colombiana ha vivido, desde los años sesenta (como mínimo), una situación de estancamiento constante, sin posibilidades de superación, como consecuencia de nuestra situación de semicolonia, país capitalista pero dependiente, con industria escasa, gran concentración de la tierra, diversidad casi nula de la producción y, por tanto, imposibilidad de ejercer plena soberanía frente a los dictados del mercado mundial, controlado por los países imperialistas norteamericanos y europeos. Nuestras clases dominantes, timoratas de llevar a cabo un desarrollo capitalista autónomo del imperialismo por la amenaza en ciernes de un movimiento obrero y campesino en gestación, relegó sus responsabilidades económicas a una claudicación de hecho al mercado norteamericano, dependiendo de sus gabelas (apertura a ciertos productos como el café, el banano, las flores, los textiles etc., hoy día bajo el modelo de la APTDEA). Como resultado de esta situación, sumada a la influencia de factores internacionales (revolución cubana, luchas por la descolonización, ambiente de guerra fría), se desarrolló un poderoso movimiento insurgente, cuya contrapartida ha sido una escalada progresiva de violencia estatal y paraestatal contra el pueblo colombiano, que ha dejado miles de muertos, millones de desplazados y otro tanto de exiliados.
 
La espiral de violencia ascendente de nuestro país, que en realidad es una expresión de la parálisis de nuestra economía productiva, vino a intensificarse durante el gobierno de César Gaviria por la transformación del modelo económico, con la “apertura económica” que supuso, en la práctica, un agravamiento de las condiciones de supervivencia de la mayoría del pueblo colombiano. Privatización salvaje del aparato productivo, sesión de recursos mineros y energéticos al capital multinacional, concentración agresiva de tierras vía paramilitarismo (que fueron dedicadas al monocultivo de palma, soja, pitaya y, en casi todos los casos, de hoja de coca), desmantelamiento de la (poca) industria nacional, flexibilización laboral (acompañada del exterminio sistemático del sindicalismo) fueron algunas de las tantas consecuencias nefastas para las clases trabajadoras. La “apertura económica”, subterfugio teórico para ocultar la introducción salvaje del neoliberalismo en nuestro país, vino a significar, de hecho, una oleada salvaje de despidos de trabajadores, acompañada de la reducción a niveles irrisorios de las condiciones laborales de los puestos de trabajo que sobrevivieron a la ofensiva del capital multinacional en nuestro país.
 
En síntesis, la solución que la oligarquía colombiana planificó y ejecutó en nuestro país consistió en engancharse al carro del capital transnacional, contentándose con obtener tajada del fabuloso botín obsequiado a las compañías multinacionales. De ahí que la situación de desempleo progresivo sea una constante de nuestra realidad económica, sólo maquillada por las artes escolásticas del DANE, que devino experto en crear cifras ficticias de una realidad decadente.
 
Pero este modelo neoliberal que se le impuso a nuestro país y nuestras clases trabajadoras y campesinas vino acompañado, además, de la introducción sistemática de dos elementos fundamentales en nuestra economía: el narcotráfico y la financiarización como ejes rectores, dominantes, de nuestro sistema. Con estas dos vertientes, la oligarquía no logró solucionar la parálisis deficitaria de nuestro capitalismo dependiente, pero sí concretar un modelo de acumulación de capital que sirviera a sus intereses depredadores, aun a costa del bienestar general del pueblo colombiano.
 
Consecuencias de modelo económico: escalada del conflicto, violencia contra el pueblo caricatura de democracia.
 
El modelo económico colombiano apuntado en base a la transnacionalización de la producción (de baja capacidad, por cierto), la financiarización y el narcotráfico ha generado, como no podía ser de otra manera, serias consecuencias sociales para el país, que podemos resumir en las siguientes:
 
1. Desplazamiento masivo, acompañado de grandes concentraciones de tierra para la producción de coca y monocultivos. Esta consecuencia es necesaria e inevitable cuando uno de los tres factores constituyente de nuestra economía (el narcotráfico), requiere de grandes extensiones de tierra para el cultivo de sustancias ilícitas, lo que lleva aparejado la violencia narcoparamilitar, el desplazamiento y los asesinatos masivos de campesinos, en la lucha por el monopolio de la tierra.

2. Altas tasas desempleo, sumada a una progresiva pauperización de las condiciones de trabajo. Este segundo fenómeno, asociado a la creación de “garantías para la inversión extranjera” (=garantías de mano de obra barata), conlleva a una férrea disputa con los sindicatos para la introducción de reformas laborales que posibiliten la transnacionalización de la economía, disputan que se han saldado con asesinatos múltiples y selectivos de dirigentes y activistas sindicales, desapariciones, hostigamientos, desplazamientos, judicialización y exilio de miles de sindicalistas, lo que ha llevado a la casi total aniquilación del movimiento obrero independiente.

3. Fomento de las actividades delictivas, asociadas al narcotráfico. La progresiva pauperización que genera el actual modelo económico, que condena a millones de colombianos a condiciones de miseria indignantes, para beneficio de la oligarquía colombianas, del imperialismo norteamericano y europeo, empujan a los pobladores, habitantes de comunas populares en las ciudades o desempleados en los campos, a engrosar las filas de grupos armados, narcotraficantes en general, a insertarse en la economía de las mafias, bajo sus múltiples variables: como sicario, narco, sapo, extorsionador, dueño o trabajador de plazas, testaferro etc. Lo que empuja a la inserción en las modalidades de economía ilegal conmina, igualmente, a interiorizar valores asociados a dichas formas de economía: se promueve la violencia sexual, las fobias u odios contra minorías sexuales, las rivalidades emanadas del deporte (barras bravas), la complicidad, hipocresía o cínica aceptación de estas prácticas y de las acciones de los mafiosos etc. Es decir, que el problema con este modelo económico, que genera miseria en espiral ascendente, es que, además de esta, es portadora intrínseca de valores a ella asociados, los cuales termina configurando una sociedad profundamente violenta y autoritaria, que de democracia no tiene cara, sino careta. Las campañas para hacernos creer que vivimos “en paz”, que “queremos la paz” o que “los buenos somos más” no es más que un hipócrita espectáculo de masas, promovido por la oligarquía y sus agentes estatales, para tapar una realidad patológica, enfermiza, que vivimos en Colombia, que apunta directamente a la conducción del país por una oligarquía lumpen, asesina y militarista.

4. La democracia burguesa, que por definición es un sistema político clasista, termina siendo una caricatura hasta de sí misma, toda vez que los estándares por los que se define terminan subvirtiéndose constantemente por los mismos que manejan las riendas del poder, con la venia explicita y apologética de los medios privados, que son los voceros públicos de la oligarquía. Es por eso que los “escándalos públicos”, que en otros países del mundo, suscitarían desestabilización de los gobiernos de turno, acá son explícitamente aplaudidos por los medios y por la población, enajenada ideológicamente y rehén económicamente de la oligarquía. Las chuzadas, la parapolítica, las entregas denotarías, el nepotismo, etc.,, fenómenos todos estos que generan crisis en gobiernos como el británico actualmente (por la malversación de fondos parlamentarios, verbigracia), son vistos en nuestro país como expresiones de una “mano firme” en la conducción de los asuntos estatales, dándosele así una legitimidad que subvierte los parámetros de toda democracia burguesa.
 
El conflicto armado que se vive en nuestro país, que es sólo la expresión de un dramático conflicto social generado por las políticas económicas de la oligarquía, es presentado por los medios de comunicación, en aval con la tesis estatal de la “amenaza terrorista”, de manera unilateral, para encubrir el entramado autoritario violento que regula las relaciones sociales de nuestro país, y que constituye una impugnación moral y política del capitalismo en general, y de su particular configuración e Colombia. El estado y los medios privados crean un marco interpretativo de nuestra vida social, que termina generando un aval tácito o explicito de las causas generadoras misma de la violencia en nuestro país.
 
Romper el nudo gordiano: hay que arrebatarle el poder político a la oligarquía e implantar el socialismo.
 
La solución de la situación de violencia que vive Colombia, violencia constituida a raíz de un modelo económico expoliador, genocida y ecocida, implica necesariamente transformar los marcos de nuestra estructura productiva, reconfigurar las bases de la vida social mediante la transformación del modelo económico, dirigid actualmente por una lumpenburguesía violenta, presta a escribir las páginas de barbarie más amargas, como lo ha venido haciendo, en la historia de América Latina. La oligarquía no ha necesitado realizar un golpe bonapartista, militarista, en el país, porque, a través de sus sicarios, sus mafiosos y sus paramilitares, ha configurado de hecho una situación de dictadura, que ha causado más muertos que cualquiera de las del cono-sur.
 
En el corazón de esta violencia represiva se halla la lucha por la monopolización de la tierra junto a la transnacionalización de la industria, lo que genera, abierta o inconscientemente, una dinámica de confrontación de clases entre la oligarquía y tres sectores vitales del pueblo colombiano: los campesinos, indígenas y la clase obrera. Transformar el status quo tiene que ver, por tanto, con una lucha política de estos tres sectores por la toma del aparato del estado, que les permitan sentar bases nuevas en nuestro país, las únicas bases que pueden jalonar hacia adelante la economía: las bases socialistas. No podrán presentarse cambios reales en nuestra vida social sino se transforma el aparato económico, y no se transformará el aparato económico sin la lucha por el poder político, por el poder estatal. El escenario de cambios es, por tanto, un escenario de luchas revolucionarias, por la liberación respecto al capital imperialista y, por lo tanto, por el socialismo, único sistema que nos puede dar realmente la segunda independencia, la definitiva.
 
La lucha ideológica por ubicar los términos reales del debate sobre la violencia y la economía, sumada a la lucha política por la conquista del poder, son las dos esferas necesarias, referentes absolutamente necesarios, para cortar el nudo gordiano de la violencia y la miseria en Colombia.
 
Comentarios (3)
SOCIALES GRADO NOVENO. DÉCIMO Y ONCE
3 Martes, 02 de Abril de 2013 20:27
LUCIA REINA
MEJOR FOTOGRAFÍA INSTANTÁNEA DE LA REALIDAD SOCIAL, POLÍTICA, Y ECONÓMICA DE NUESTRO PAÍS NO HAY, ME ENCARGARE DE DIFUNDIRLA EN LOS ESTUDIANTES, FUTUROS ACTORES DEL CAMBIO EN ESTE PAÍS MANIPULADO Y RESIGNADO.
ME GUSTARÍA UN INFORME SIMILAR SOBRE LA SITUACIÓN AMBIENTAL DE NUESTROS RECURSOS NATURALES EN CUANTO AL MANEJO ECONÓMICO Y POLÍTICO. GRACIASSSS
tarea sociales
2 Jueves, 08 de Noviembre de 2012 18:03
esto esta muy bueno
esto esta muy bueno
felicitar
1 Lunes, 13 de Agosto de 2012 17:45
jairo
yo quiero felicitar a las personas que debatieron esto porque muestra caracteristicas claras de la violencia la cual se asocia con la economía

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